Vivir

vivir escribiendo un abrazo
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Porque aunque a veces el final no sea el esperado, existen batallas que se ganan en el instante en el que decidimos luchar con valentía.

No sabemos lo fuertes que somos hasta que un giro inesperado de la vida nos pone a prueba y nos da la oportunidad de demostrar nuestra valía. Y es que cuando se trata de sacar el coraje guardado en nuestro corazón, el reto ante el que nos encontramos no suele ser fácil. Sin previo aviso ni consideraciones, arrasa con todo y nos deja con lo único que realmente nos pertenece: nosotros mismos, la esencia de lo que somos. Solos ante lo desconocido sale nuestra verdadera capacidad para superarlo todo, incluso lo inimaginable, incluso aquello que parece imposible. Y no es una hazaña reservada a unos pocos. Tarde o temprano, todos nos encontramos en el abismo de ese valiente reto que nos recuerda lo que no siempre tenemos presente y es que podemos con todo y más.

Podemos superarlo todo, incluso lo inimaginable, incluso lo imposible... Click Para Twittear

Mi dura prueba, ese inevitable salto al vacío sin paracaídas, llegó a los 19 años y fue luchar contra el cáncer.

Recuerdo todos y cada uno de los detalles de ese duro primer momento: el inesperado diagnóstico, el doctor repitiendo una y otra vez la maldita palabra, las preguntas sin respuesta sobre mi futuro, mi familia, el miedo… No podía comprender cómo me había convertido en la protagonista de una película para la que ni siquiera me había presentado a sus audiciones. Inspiré profundamente, cerré los ojos y desconecté de todo durante unos pocos segundos. No entendía nada de lo que estaba pasando y notaba que de un momento a otro iba a colapsarme. Pero el aire en mis pulmones me recordaba lo más importante de todo, que estaba aquí, en el presente, y que mientras pudiera llenarlos de vida podría hacerlo, conseguiría ganar la difícil batalla que tenía por delante. Guardaría un montón de pedacitos de esa inspiración inicial más uno para soltarlos poco a poco en cada analítica, en cada visita, en cada sesión de quimioterapia… El último, ese más uno que inspiré a propósito, tenía reservado el momento más especial de todos: lo dejaría libre el día que estuviera curada.

Salí de la consulta con la sensación de que todo mi mundo había cambiado pero, tras dar el primer paso fuera del hospital, me di cuenta de que todo seguía igual. Las hojas de los árboles bailaban con la suave brisa del inicio de la primavera, las personas iban de aquí para allá en su ajetreado día a día, el cielo azul atrapaba alguna nube despistada… La vida continuaba y, a pesar de ello, no guardaba ni rabia, ni dolor, ni tristeza por la realidad que me había tocado vivir. Al contrario, no podía dejar de observar la preciosidad de todo aquello que tenía delante. La vida, esa misma que hacía unos minutos me parecía tan injusta, era tremendamente maravillosa, incluso perfecta, así, tal y como era. Y en ese momento sentí, con todas mis fuerzas, que quería seguir disfrutando de ella, de su magia, de sus matices, de lo bueno e incluso de lo no tan bueno. Quizás no había valorado lo suficiente el regalo que suponía tenerla, hasta ese preciso instante.

Y es que solemos dar por supuesto que siempre estaremos aquí, que la vida es infinita y que podemos aplazarla porque sí. Pero el tiempo, rápido e imparable, nos recuerda que es ahora cuando debemos vivirla intensamente.

Así que lucharía sin rendirme, lucharía por vivir. Porque, independientemente de cuál fuese el resultado, sabía que si luchaba con todas mis fuerzas conseguiría ganar. Esa es la verdadera victoria de los valientes, seguir adelante, pase lo que pase. Y así lo hice, por las personas que más quería, por los sueños que deseaba cumplir.

Unos meses después, liberé el último pedacito de aire que guardaba y comprendí, al fin, que lo mejor de la vida era simplemente vivir.

Te escribo un abrazo,

Maria

(Relato presentado al concurso literario solidario Mírame a los ojos)

Lo mejor de la vida es simplemente vivir Click Para Twittear

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