Atrévete a probar lo viejo

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Puede que a lo largo de tu vida hayas tomado ciertas decisiones que te han marcado casi, casi para siempre. Y digo “casi, casi” porque, ante la rotundidad, me gusta dejar abierta la posibilidad de que todo no sea lo que parece, aunque los indicios indiquen una fiabilidad del 99,99%. Son ideas que, en algún momento, pensamos que eran la mejor de las opciones y, sin darnos cuenta, les otorgamos tanto valor que han podido moldear nuestro futuro o incluso han llegado a cambiarnos. Seguramente, cuando decidimos incorporarlas a nuestra experiencia vital, serían las más adecuadas por un sinfín de motivos. Pero, como tenemos cierta tendencia a no preguntarnos ni repreguntarnos, lo que en un primer momento era una propuesta para solventar una situación concreta, termina por estancarse en nuestra mente como idea fundamental. Y, cuanto más tiempo pasa, más inherentes a nosotros pensamos que son y más nos cuesta separarlas de lo que realmente creemos. ¿Se te ocurre alguna de estas ideas?

Para ayudarte un poco en tu búsqueda, me gustaría contarte cómo surgió el tema para este artículo.

Resulta que, desde hacía más de 20 años… ¡no comía galletas sin chocolate! Así como lo estás leyendo y tan increíble como suena, jeje. Resulta que, por algún motivo que no consigo recordar, desde bien pequeñita decidí que sólo me gustaban las galletas con chocolate (o si había mucha necesidad de dulce y el cacao estaba desaparecido, algunas veces también me valían las que llevaban mermelada o nata). Estaba tan convencida de que sólo comería galletas con chocolate que descartaba automáticamente una simple galleta sin nada más que su propio dulce. Imagino que todo debió empezar con la elección entre las que llevaban choco y las que no y, poco a poco, con el tiempo, mi cabeza justificó mi preferencia argumentándome que las que no tenían esa deliciosa capa chocolateada no me gustaban.

Así pasaron muuuchos, muchos años hasta que, un día, mi tercer abuelo (bueno… genéticamente es el abuelo de Marc pero de corazón siempre será también el mío), preparó una gran bolsa con chocolate, bollitos y galletas (sin) para que nos la llevásemos a casa y merendásemos. Como a Marc no le gustan mucho este tipo de dulces, tuve que apechugar y comérmelos yo (¡qué sacrificio, jeje!). El caso es que, como buena nieta, no podía decir que no a esa enorme bolsa y a sus galletas. Así que ahí estaba yo en casa, comiendo primero el chocolate, días después también los bollitos y, finalmente y cuando ya no quedaba nada más, mirando con desconfianza los paquetes de galletas sin nada. ¿Qué voy a hacer con ellos? Quedaron en el armario algún tiempo hasta que una mañana, en la que no tenía nada para desayunar, me animé a abrir un paquete y las probé. ¡Estaban riquísimas!

¿Cómo había dejado que una idea, aparentemente inofensiva, hubiera calado taaanto en mí como para que terminase creyendo que las galletas sin nada no estaban buenas? Recordé como, en muchas ocasiones, había declinado invitaciones a comer un montón de galletas porque no tenían chocolate. Y todo porque, a lo largo de 20 años, ¡ni una sola vez me había animado a probar una simple galleta! Nunca he sido caprichosa y si no había galletas de las que me gustaban, pues no comía y no pasaba nada, así que tampoco es que este hecho haya alterado mucho mi vida. Pero sí que me quedé un buen rato pensando cómo una decisión tan pequeña había modificado unas cuántas de mis conductas.

Lo que empezó siendo una inocente decisión (aunque reafirmada sobre una fuerte predilección al chocolate), terminó por convertirse en una verdadera característica sobre mis preferencias en dulces. ¿Y si eso mismo había hecho con personas, lugares, recuerdos o cualquier otra situación en la que una decisión se había convertido en una idea prácticamente inamovible en mí?

Tras mi descubrimiento galletón llegué a la conclusión de que, quizás, deberíamos revisar más a menudo esas viejas ideas que creemos que son auténticos fundamentos en nuestra vida para volver a sopesar si realmente son lo que queremos o han sido el resultado de un momento, un lugar y un nosotros concreto del pasado que no se ajusta a la persona que somos hoy.

A veces no se trata sólo de probar lo nuevo si no que, en la revisión de todo aquello que por algún motivo u otro descartamos hace tiempo, podemos encontrar verdaderas joyas (o galletas riquísimas y ¡sin chocolate!). La cuestión es no perder la perspectiva de lo que sentimos a causa de la cotidianidad. Si durante un largo período de tiempo nos repetimos una y otra vez que únicamente comeremos galletas de chocolate, ¿por qué íbamos a preferir las otras? Lo normal se vuelve comerlas con chocolate y al final sólo un abuelo molón que prepara con cariño una gran bolsa de dulces podría sacarnos esa estancada idea de la cabeza.

Con el tiempo, todo va cambiando y atreverse a probar lo viejo es darle una nueva oportunidad a las decisiones que hemos tomado en el pasado y que posiblemente ya no se ajusten a nuestra situación actual. Creo que es un gran ejercicio personal revisar de vez en cuando esas ideas que sentimos tan nuestras para comprobar si realmente hoy en día tomaríamos esa misma decisión o nos plantearíamos las cosas de manera diferente. No se trata de intentar cambiar el pasado sino de no dejar que lo que vivimos en él hipoteque lo que estamos viviendo ahora o en el futuro.

¿Sólo comes galletas con chocolate? Pues atrévete a probarlas sin, a hacer pasteles con ellas, a combinarlas con café, a disfrutarlas cuando vas a la playa o atrévete a cualquier cosa que se te pase por la cabeza y sientas que te hará bien. Seguro que en lo viejo descubrirás un montón de felices posibilidades.

Te escribo un dulce abrazo,

Maria

Atreverse a probar lo viejo es darle una oportunidad a las decisiones del pasado Click Para Twittear

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4 comentarios sobre “Atrévete a probar lo viejo

  1. ¡Hola, Maria!
    Tienes toda la razón, a partir del ejemplo de las galletas seguro que podríamos pensar en un montón de cosas en las que puede que tengamos ideas preconcebidas. Suerte que el abuelo molón te preparó esa bolsa (que, valga la pena decirlo, fue la primera de muuuuchas otras).
    Voy a pararme a pensar en el artículo de hoy para intentar probar de nuevo lo viejo.
    Gracias por hacernos reflexionar día tras día a partir de tus experiencias.
    Te escribo un gran abrazo,
    Marc

    PD: a mi no me gustan las galletas, la verdad, ¿quizás puedo empezar por aquí?

    • ¡Hola, Marc!

      ¡Por supuesto que debes empezar por darle una nueva oportunidad a las galletas, jeje! 😛 Y si no te gustan, ya me sacrifico y me las como yo 😉

      Me alegro mucho de que este abrazo te anime a probar de nuevo antiguas ideas que quizás descartaste en algún momento pero que ahora podrían convertirse en lo que estabas buscando 😀 Ya nos contarás qué resultados da el replantearse las ideas preconcebidas que tenemos.

      ¡Gracias por escribir y compartir con todos tus bonitas reflexiones!

      Te escribo un gran abrazo,

      Maria

  2. Que hermoso artículo Mari, primero me traen hermosos recuerdos de tu infancia y segundo, celebro que le dieras oportunidad a una galleta que se llama como tú, jejeje!!!!! Tenemos que estar abiertos a “probar” todo lo bueno de la vida, dejar espacio para “el movimiento” de los pensamientos, sensaciones, gustos, emociones, ideas etc etc y así disfrutar de la gran variedad que existe en todos los ámbitos de la vida!!!! Me ha gustado mucho este artículo, como siempre muy acertado en las reflexiones!!!!!

    • ¡Hola, mamuchi!

      Me alego mucho de que este abrazo te haya traído hermosos recuerdos de mi infancia y de que te haya gustado mucho :)

      Estoy totalmente de acuerdo en que debemos darnos la oportunidad de probar lo bueno que nos regala la vida, incluso si son viejas ideas que en algún momento habíamos descartado por algún motivo que hoy en día ya no tiene el peso que tenía.

      ¡Muchas gracias por tu comentario y por compartir tus pensamientos aquí!

      ¡Un abrazo!

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